“Gracias a la vida”, dice Violeta, con dicha y quebranto. En momentos de escritura y reflexión, a veces me encuentro con la familiaridad de una idea ya cantada con brillantez y belleza. Esta belleza, como se pregunta Baudelaire, ¿viene del cielo profundo o del abismo?, que importa, si hace el universo menos horrible y el instante menos pesado. En este caso me toco volver a Violeta.
El “Gracias a la vida”, parece un canto a la experiencia humana, con gratitud: un canto a la vista, el oído, la comprensión, la palabra, el caminar, el afecto y el discernimiento. Es una celebración a esta experiencia humana, presentando atención a la vida misma en su totalidad. Abraza con aceptación radical la dicha y el quebranto. Es un reconocimiento a la humanidad compartida.
Parte explorando la percepción del mundo, la experiencia encarnada y la tierra como testigo. Sigue con la acción humana hecha palabra y movimiento, con la tensión entre los polos: entre la inmensidad del universo en las montañas y el cielo, lo íntimo de la vida vivida, “tu casa, tu calle, tu patio”. Continua con el discernimiento ético y la capacidad humana para el acto compasivo y la inteligencia.
Volver a Violeta es encontrarse con la profunda experiencia de lo humano en sus letras, su compromiso político y la vivencia espiritual del encuentro pleno con la otredad, vaciado de si, como dijera Simone Weil. La riqueza de sus palabras, sus juegos, provocaciones y amplitud permiten encontrarse con algo sagrado.
Encontramos una dolorosa crítica social en canciones como: Arriba quemando el sol, Que diría el santo padre, Miren cuando sonríen, o Mazúrquica modérnica. Por ejemplo, “¿Qué dirá el Santo Padre que vive en roma / Que le están degollando ya sus palomas? / Miren cómo nos hablan del paraíso / Cuando nos llueven penas como granizo / Miren el entusiasmo con la sentencia / Sabiendo que mataban a la inocencia.”
O la elegancia y humor del insulto para decir torpe: “Yo no sé por qué mi Dios / le regala con largueza / Sombrero con tanta cinta / a quien no tiene cabeza.”, o para valorar un tipo de belleza: “Discreto, fino y sencillo son joyas resplandecientes / Con las que el hombre que es hombre se luce decentemente”.
Y el gran canto de “Volver a los 17”, el canto al amor universal, que crece, brota, se enreda en el muro, así como en un jardín los lirios crecen, o como diría Yiyun Li “en la naturaleza las cosas crecen”. Parece que es una fuerza inevitable y transformadora. El amor es potencia de cambio. Cambia “hasta el feroz animal / susurra su dulce trino (…) libera a los prisioneros (…) al viejo lo vuelve niño / y al malo solo el cariño / lo vuelve puro y sincero.”
Es un reconocimiento, a este sentimiento que queda fuera de la palabra, queda en el sentido tácito de las cosas, que nos mueve de formas extrañas e incomprensibles por este mundo. Dice Violeta, que este sentimiento hace lo que “no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento”; es un reconocimiento de esto tácito, más allá del lenguaje, aquello prerreflexivo, pero que se encuentra con la atención al momento presente. Dice: “todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente / nos aleja dulcemente / de rencores y violencia / solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”.
La atención plena o la contemplación al momento más allá del objetivo – una atención al espacio entre las cosas con apertura amorosa y vaciada de si – permite un verdadero encuentro con lo otro. Incluso con dolor. Contemplar plenamente al otro permite la belleza. La contemplación permite una verdadera belleza, una belleza que encuentra lo sagrado, como diría Weil.
Las lecturas y canciones me han llevado a ponerle palabra a lo sagrado en esta experiencia humana. Estoy consciente de la extrañeza de incluir lo sacro, pero el reconocimiento de lo bello que significa ser humano – con amor, gratitud, dolor, contemplación, y humor – es una muestra de lo sagrado. Al cursar caminos difíciles y, por un instante suspender el propio dolor, colmado por la belleza que entrega el arte de otro, el instante se hace menos pesado. Y con ello es posible agradecer a la vida, donde las cosas crecen.